VII sábado de pascua. San Matías, apóstol.
Fue elegido por los apóstoles para ocupar el puesto de Judas, como testigo de la resurrección del Señor. Así lo atestiguan los hechos de los apóstoles. (Hechos 1, 15-26)
Mañana es Pentecostes y ultimo día de la pascua, el lunes la liturgia reanuda el tiempo ordinario que ha quedado en pausa desde el miércoles de ceniza.
Mañana es Pentecostes y ultimo día de la pascua, el lunes la liturgia reanuda el tiempo ordinario que ha quedado en pausa desde el miércoles de ceniza.
Evangelio del día: San Juan 15, 9-17
9 Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. 10 Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. 11 Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. 12 Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. 13 Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. 14 Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. 15 Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. 16 No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. 17 Esto os mando: que os améis unos a otros.
Les comparto el comentario de San Agustín al evangelio de este día.
En el texto anterior a éste, había dicho el Señor: No me
habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he
puesto para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, a fin de que
el Padre os conceda cuanto le pidáis en mi nombre (Jn 15,16). Recordáis que ya
hablé sobre esas palabras, cuanto me concedió el Señor. En el texto siguiente,
que acabáis de oír, dice: Esto os mando: que os améis los unos a los otros (Jn
15,17). De donde debemos colegir que éste es nuestro fruto, del que dice: Os he
elegido para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca; y lo que
sigue: a fin de que el Padre os conceda cuanto le pidáis en mi nombre, indica
que nos lo dará, si nos amamos mutuamente.
Él mismo nos ha dado este amor mutuo, al elegirnos sin tener
fruto alguno, por no ser nosotros los que lo elegimos a él. Y nos ha puesto en
condición de ir y dar fruto; es decir, de amarnos mutuamente, cosa que no
podemos hacer sin él, de igual manera que el sarmiento no puede dar fruto
separado de la vid. El amor es, pues, nuestro fruto que, según el Apóstol, nace
de un corazón puro, de una conciencia recta y de una fe no fingida (1 Tim 1,5).
Con este amor nos amamos unos a otros y amamos a Dios, porque nuestro amor
mutuo no sería verdadero sin el amor de Dios. Se ama al prójimo como a sí mismo
si se ama a Dios, porque el que no ama a Dios tampoco se ama a sí mismo. De
estos dos preceptos del amor penden toda la ley y los profetas. Éste es nuestro
fruto. Refiriéndose a este fruto dice: Esto os mando, que os améis los unos a
los otros.
Consiguientemente, queriendo el Apóstol recomendar los
frutos del Espíritu en contra de las obras de la carne, pone como base el amor.
Los frutos del espíritu son el amor; y luego, como manando de esa fuente y en
íntima relación con ella, enumera los otros: El gozo, la paz, la longanimidad,
la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre y la castidad (Gál 5,22). Y, en
verdad, ¿quién puede tener gozo si no ama el bien del cual se goza? ¿Quién
puede tener verdadera paz, si no la tiene en aquel a quien ama de verdad?
¿Quién puede tener longanimidad para permanecer en el bien, sino es por el
amor? ¿Quién es benigno si no ama al que socorre? ¿Quién se hace bueno, si no
es por el amor? ¿De qué provecho puede ser la fe que no obra por el amor? ¿Qué
utilidad puede haber en la mansedumbre si no es gobernada por el amor? ¿Quién
huye de lo que puede mancharle si no ama lo que le hace casto? Con razón, pues,
encarece el amor el maestro bueno, como si sólo él mereciese ser encarecido, y
sin el cual no pueden ser de utilidad los otros bienes ni puede estar separado
de los otros bienes que hacen bueno al hombre.
En virtud de ese amor debemos soportar con paciencia el odio
del mundo, porque necesariamente ha de odiar a quien sabe que no ama lo que ama
él. Nos es de gran consuelo el ejemplo del Señor. Después de haber dicho: Esto
es lo que os mando, que os améis los unos a los otros, añadió: Si el mundo os
odia, sabed que antes me odió a mí (Jn 15,18). ¿Por qué el miembro quiere ser
más que la cabeza? Renuncias a estar en el cuerpo si no quieres sufrir el odio
del mundo en compañía de la cabeza. Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo
que es suyo (Jn 15,19). Esto lo dice a la Iglesia universal, a la que con
frecuencia da el nombre de mundo, como en aquel texto: Dios moraba en Cristo
para reconciliar consigo al mundo (2 Cor 5,19)... Luego la Iglesia es todo el
mundo, y todo el mundo odia a la Iglesia. El mundo odia al mundo: el mundo
enemigo de Dios al reconciliado, el condenado al salvado, el manchado al
inmaculado.
San Agustín, comentarios sobre el evangelio de San Juan 87,1-2

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