VII Lunes de pascua
Evangelio del día: San Juan 16, 29-33
29 Le dicen sus discípulos: «Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. 30 Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que has salido de Dios». 31 Les contestó Jesús: «¿Ahora creéis? 32 Pues mirad: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre. 33 Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo».
Después de todo un discurso y en el que los discípulos están llenos de incomprensión, vacilaciones y dudadas, por fin entienden el mensaje y hacen una declaración de fe: "por ello creemos que has salido de Dios". Es justamente lo que sigue sucediendo la día de hoy, demandamos de Dios que nos hable claro, y así creeremos. En nuestra arrogancia creemos que Dios necesita darnos razones para creer, como si el fuese el necesitado.
"¿Ahora creéis?" Una interrogante con sabor a sorpresa y a desconfianza. Si los discípulos creían por la evidencia externa, viene la hora mas difícil; la pasión de nuestro Señor sería un tiempo oscuro, que si todo el apoyo para creer era lo razonable que podía sonar todo, al momento en el que nada tuviera sentido, dejarían de creer. Cuando el fundamento de mi fe es simplemente lo razonable que me parecen las cosas, corro el peligro de abandonarla cuando el aprende sin sentido hace acto de presencia.
Por eso, cuando llega esa hora que anuncia Jesús, la hora de la pasión y de la muerte, la hora en la que no tiene sentido las cosas que suceden, dejamos de creer.
Los discípulos -como nosotros- aún no tenían fe; la fe está inseparablemente unida a la hora, a la muerte y resurrección. La fe es inseparable del escándalo de la cruz. Por eso cuando llegó la hora del escándalo tuvo lugar la dispersión y el abandono de los discípulos.
La situación histórica de los discípulos, dispersados por la muerte de Jesús, es la situación, repetida constantemente en los creyentes. Se tiene la impresión una vez más, que el vencedor es el diablo, el príncipe de este mundo; el creyente siente la tentación de abandonar a Jesús y buscar refugio en el mundo.
Seguir confiando en Jesús y en su palabra es la única manera de encontrar la paz. Porque él no está solo. El Padre está con él y, por tanto, tiene que ser en realidad el vencedor. El Padre no puede ser vencido.

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