VI domingo de pascua


Evangelio del día: San Juan 14, 23-29
23 Respondió Jesús y le dijo: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. 24 El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. 25 Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, 26 pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. 27 La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde. 28 Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”. Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. 29 Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis. 
Judas, no el Iscariote, acaba de preguntar a Jesús lo siguiente: "¿A qué se debe que vayas a revelarte nada más que a nosotros y no al mundo?". Los dos primeros versículos de hoy son la respuesta, cuyo esquema de fondo es éste: en el supuesto de que se verifique una condición, se seguirán unos resultados. La revelación de Jesús depende de que antes se le ame. A partir del v. 25 el centro de atención ya no es la anterior pregunta, sino la totalidad de lo que Jesús ha dicho a sus discípulos a lo largo del tiempo de convivencia. ¿Qué va a pasar con lo que les ha dicho, ahora que este tiempo está tocando a su fin? El Espíritu se lo irá enseñando y recordando. Mientras tanto les confiere el don de la paz y de la esperanza en el Padre.

¿No es acaso verdad que las personas se nos desvelan, es decir, se revelan, en la medida que las amamos? Lo verdaderamente importante y significativo entre personas comienza con el amor y se da donde hay amor. ¿Qué tiene pues de extraño que el texto de hoy arranque de este presupuesto para responder a la pregunta sobre la revelación de Jesús? Si uno me ama. Es entonces cuando Jesús puede revelarse. Muchas veces nos quejamos de que a Dios no lo vemos ni lo sentimos. ¿Se nos ha ocurrido pensar que a lo mejor es porque no lo amamos? Si uno me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y viviremos con él. ¡Qué sencilla y a la vez fascinante enumeración! se trata, ni más ni menos, que de la dinámica de la existencia cristiana. Del amor a la ética, y de ésta a la experiencia y la convivencia con Dios. Es importante señalar que en esta dinámica, ética no quiere decir ley. Guardar la palabra de Jesús no es cumplir algo que está mandado, sino expresar un amor que se tiene a Jesús.

Sólo cuando se ama tiene cabida una ética humana y liberadora. A mayor abundamiento, la palabra de Jesús ni siquiera es una magnitud fijada o establecida una vez por todas. El Espíritu será quien os vaya enseñando y recordando todo lo que os he dicho. La existencia cristiana es continuamente interpretativa, creativa y, a mí, personalmente, un texto como el de hoy me haría dudar del sentido cristiano de un cristianismo que fuera reglamentado y reglado. Un cristianismo así es el propio del mundo. No olvidemos nunca que la palabra mundo tiene en el cuarto evangelio una connotación religiosa. Designa a las personas que han hecho de la Ley de Dios su recinto fortificado, tan fortificado que paradójicamente Dios ya no tiene cabida a Él.

Se han quedado ellas solas, con su libro de registro del haber y del debe. Este mundo también tiene su paz, pero es muy triste y atormentada. Contrapuesta a ella está la paz de Jesús: "Os dejo paz, os doy mi paz". Una existencia dinámica, creativa, donde las personas tenemos un rostro, donde Dios tiene un rostro. Un Dios con brazos fuertes y acogedores de Padre. Tan fuertes que el tiempo jamás los debilita ni la muerte los paraliza. El Padre es más que yo.

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