IV jueves de pascua. San Anselmo, obispo y doctor

Nació el año 1033 en Aosta (Piamonte). Ingresó en el monasterio benedictino de Le Bec, en Normandía, y enseño teología a sus hermanos de orden, mientras adelantaba admirablemente por el camino de la perfección. Trasladado a Inglaterra, fue elegido obispo de Cantonbery y combatió valientemente por la libertad de la Iglesia, sufriendo dos veces el destierro. Escribió importante obras de teología. Murió el año 1109.

Evangelio del día: San Juan 13, 16-20
16 En verdad, en verdad os digo: el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. 17 Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica. 18 No lo digo por todos vosotros; yo sé bien a quiénes he elegido, pero tiene que cumplirse la Escritura: “El que compartía mi pan me ha traicionado”. 19 Os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis que yo soy. 20 En verdad, en verdad os digo: El que recibe a quien yo envíe me recibe a mí; y el que me recibe a mí recibe al que me ha enviado».
Juan acaba de concluir el relato de la escena del lavatorio de pies (Jn 13, 1-11) y, según las costumbres, interrumpe un momento la narración para comentar el alcance de este gesto.
  1. El lavatorio de pies hace resurgir la incompatibilidad entre el trabajo de esclavo que Jesús acaba de realizar y su dignidad personal (v. 13). Esta incompatibilidad será la suerte de todas las autoridades en la Iglesia: “16 En verdad, en verdad os digo: el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía”. Porque se presenta como la ley que rige todas las relaciones entre humanos en la comunidad cristiana (vv. 14-15). El amor fraternal, en efecto, no es solamente una ley, ni tampoco una imitación de Jesús, es su misma manera de actuar puesta a nuestra disposición.
  2. Jesús ha llevado a su colmo este amor fraternal, ya que se ha hecho esclavo de aquel que iba a traicionarle y todavía participaba en la comida fraternal de despedida: 18 No lo digo por todos vosotros; yo sé bien a quiénes he elegido, pero tiene que cumplirse la Escritura: “El que compartía mi pan me ha traicionado”. En el momento mismo en que Jesús se despoja de Sí mismo para entregarse a las manos de Judas, revela una dignidad inconmensurable: Él “es”: 19 Os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis que yo soy. Juan jamás ha empujado tan lejos a Jesús en las declaraciones sobre su divinidad. Ciertamente, El ya ha reivindicado este título "Yo soy" que es divino (Jn 6, 35; 8, 12, 24, 58), pero reivindicarlo en un contexto semejante de muerte y traición es muy revelador: Dios es, pero la única prueba que aporta para decir que El es, es la de morir; El es eterno, y la única manera de expresarlo es poner un término a su condición humana; El es poderoso, y el único procedimiento al cual recurre para afirmar este poder es servir a aquel que El podría juzgar y derribar.
No hay, pues, un Dios eterno y todopoderoso a descubrir por la filosofía. El Dios manifestado por Jesús no es de aquel orden. El "es" de una manera totalmente distinta de lo que puede "ser" un hombre, que le es posible ser en la muerte misma. ¡Dios "es" muerto y este es el misterio que se revela de Dios! La muerte es prometida en el rango de la mejor revelación de Dios. El Hijo de Dios, que se beneficia de la vida divina, no puede más que morir en el servicio y el amor fraternal.

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