III viernes de pascua
Evangelio del día: San Juan 6, 52-59
52 Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?». 53 Entonces Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. 54 El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. 55 Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. 56 El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. 57 Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí. 58 Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre». 59 Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.
Discutían entre sí los judíos: "¿Cómo puede este darnos a coma su carne?
Ellos lo interpretan de la manera más realista; y les choca.
Jesús dijo entonces: "Sí, en verdad os digo que, si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros." Lejos de atenuar el choque, Jesús repite lo que ya ha dicho; lo enlaza explícitamente con el "sacrificio da caIvario"... "el pan que yo daré, es mi carne... que habré dado antes en la Pasión, para la vida del mundo". La alusión a la "sangre", en el pensamiento de Jesús, remite también a la cruz y a la muerte que da la vida.
No olvidemos que cuando San Juan puso por escrito este discurso había estado celebrando la eucaristía desde más de 60 años. ¿Cómo podría admitirse que sus lectores de entonces no hubiesen aplicado inmediatamente estas frases a la eucaristía: cuerpo entregado y sangre vertida? Por otra parte, si Jesús no hubiese nunca hablado así, ¿cómo los apóstoles, la tarde de la Cena, hubiesen podido comprender algo de lo que Jesús estaba haciendo? La institución de la eucaristía, la tarde del jueves santo, hubiera sido ininteligible a los Doce, si Jesús no les hubiera jamás preparado anteriormente.
El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna, y Yo le resucitaré en el último día. En efecto, mi carne es la verdadera comida, y mi sangre es la verdadera bebida "Tomad y comed, esto es mi cuerpo... Tomad y bebed, esta es mi sangre..." San Juan no relata la institución de la eucaristía. Pero el paralelismo es aquí suficientemente riguroso con los Sinópticos: Mateo, Marcos y Lucas.
Tres efectos de la Eucaristía quedan indicados:
1º "La vida eterna y la resurrección"
Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y Yo le resucitaré.
¡En la eucaristía comulgamos a "Cristo vivo resucitado"! Y este Cuerpo resucitado pasa a ser en nosotros "simiente" de vida divina. En el momento de la Cena Jesús hablará del "banquete celestial" donde reunirá de nuevo a sus amigos. "No beberé más del fruto de la viña hasta el día en que beberé con vosotros el vino nuevo en el Reino de mi Padre". Vamos hacia ese encuentro feliz.
2º La inmanencia recíproca de Cristo y del cristiano"
"Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y Yo en él". Es una palabra muy apreciada por Juan: habitar, "¡permanecer!. ¿Sabéis lo que es el estar con alguien a quien se ama? ¿Ser feliz con él? La vocación de todo hombre es "estar con Dios, permanecer en Dios" Es el tema fundamental de la Alianza, que se ha expresado, al curso de la historia, en la Escritura, por fórmulas cada vez mas íntimas: Vosotros seréis mi pueblo, y Yo seré vuestro Dios"... "Mi amado está conmigo y Yo estoy con él"... "Permaneceréis en mí y yo en vosotros ...
3º "La consagración del cristiano a Cristo"
"Así como vivo Yo por mi Padre, así también el que me come vivirá por mí". Hubiera sido mejor traducir:... vivo "para" mi Padre. ¡Vivir "para alguien"! Jesús ha consagrado su vida al Padre, ha vivido totalmente para El. Y, a su vez, nos pide vivir para El.

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