II miércoles de pascua
16 Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. 17 Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. 18 El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios. 19 Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. 20 Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. 21 En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios».
Esta conversación es la continuación de la lectura de ayer, Jesús después de explicar a Nicodemo la necesidad de ser levantado en la cruz, explica el motivo; el amor, el amor de Dios por los hombres. Fue tanto que dio a su hijo para que el creyera en él obtuviera la vida eterna. Y aquí Jesus da una cátedra sobre la justicia y el amor vinos bien entendidos. Pues el amor de Dios, el perdón de Dios no es ese amor en el que se vale todo como muchas veces se nos quiere hacer creer.
Si bien Jesus aclara que él no ha venido a juzgar a nadie sino a perdonar, si deja en claro que el que decide no creer ha sido juzgado precisamente por no creer. Es decir Dios no juzga a nadie es el hombre mismo el que decide juzgarse, pues puede ver la luz, pero la rechaza y prefiere las tinieblas.
Dos mil años después nos encontramos como Nicodemo, en la misma encrucijada de amar la luz o las tinieblas. La decisión sigue siendo nuestra.

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