II jueves de pascua. San Juan bautista de La Salle.

Nació en Reims (Francia) el año 1651. Ordenado sacerdote, se dedicó por entero a la educación de la infancia y a la fundación de escuelas para pobres. Constituyó una congregación, por cuya existencia hubo de soportar innumerables dificultades. Murió en Ruan el año 1789.

Evangelio del día: San Juan 3, 31-36
31 El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. 32 De lo que ha visto y ha oído da testimonio, y nadie acepta su testimonio. 33 El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. 34 El que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida. 35 El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano. 36 El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él».
El contexto en el cual se enmarca el evangelio de hoy, es una discusión que se da entre los discípulos de Juan el bautista y los de Jesús; los discípulos de Juan van con él y le expresan su preocupación pues Jesús esta creciendo en seguidores y ellos decrecen. Juan en unos versos atrás se declara amigo del esposo y se alegra de que Jesús crezca también en popularidad y hace unas reflexiones personales que son las que leemos este día: 

Es una opinión que se contrapone a las expuestas por Nicodemo días atrás.
  1. Nicodemo encuadra a Jesús dentro de sus ideas personales, de su conocimiento. Juan el bautista lo hace dentro de la trascendencia, dentro del misterio mismo de Jesús. Esto es un enfoque filosófico puro. Nicodemo hace un enfoque desde "abajo", es decir lo limita. Juan lo hace desde "arriba". Son dos posturas que continúan en tensión hasta el día de hoy. Una forma respeta el misterio divino, comprende una realidad que no alcanza a ver y la otra es una visión limitada a la realidad que puede ver. Ese presupuesto básico en la mente de ambos fue o la limitante o la puerta para abrirse a la fe. 
  2. Pero esta distinción no es puramente especulativa: implica un juicio y una separación entre quienes se suman a lo celestial y a lo que anuncia y quienes se limitan a los conceptos terrestres, sin apertura a una trascendencia (vv. 34-36). El juicio lo aplica el mismo creyente (v. 33), el cual verifica que Dios es veraz, es decir, que es la coherencia de todo y que cumple en Jesús la promesa contenida en la realidad (v. 35).

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