II domingo de pascua. Domingo de la divina misericordia.
Esta celebración se lleva a cabo en el segundo Domingo de Pascua. Se basa en las revelaciones privadas de Santa Faustina Kowalska, religiosa polaca que recibió mensajes de Jesús sobre su Divina Misericordia en el pueblo de Plock, Polonia.
En el año 2000 el Papa Juan Pablo II canonizó a Santa Faustina y durante la ceremonia declaró: “así pues, es importante que acojamos íntegramente el mensaje que nos transmite la palabra de Dios en este segundo domingo de Pascua, que a partir de ahora en toda la Iglesia se designará con el nombre de Domingo de la Divina Misericordia’”. [Homilía, 30 de Abril, 2000]
Evangelio del día: San Juan 20, 19-31
19 Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». 20 Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. 21 Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». 22 Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; 23 a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». 24 Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. 25 Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». 26 A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». 27 Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». 28 Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». 29 Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto». 30 Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. 31 Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.
En medio de un grupo desanimado, aparece el Señor. El primer domingo. Y luego, a los ocho días, de nuevo en domingo, esta vez con Tomás, se vuelve a hacer presente. Este encuentro con el Resucitado cambió a la primera comunidad: "se llenaron de alegría al ver al Señor". Fue un momento decisivo: les dio su Espíritu... les envió, como el Padre le había enviado a El... les dio el encargo de la reconciliación ("a quienes perdonéis los pecados"...) Esto empalma en seguida con nuestra propia experiencia: nuestra reunión dominical, para celebrar la Eucaristía. También nosotros, en medio de una situación que a algunos les parecerá de desánimo y a otros de desesperación, experimentamos, desde nuestra fe, la presencia del Señor.
Presente en la comunidad misma, en la Palabra que El mismo nos dirige, en su Eucaristía. Cuando el sacerdote -también él signo de Cristo- nos saluda, invoca su presencia: "el Señor esté con vosotros". Como dice la introducción al Misal, con ese saludo "manifiesta a la asamblea reunida la presencia del Señor", y con la respuesta de la asamblea "queda de manifiesto el misterio de la Iglesia congregada". Cada domingo es para nosotros una nueva experiencia de fe que nos reafirma en que Jesús, el Señor, vive y está con nosotros.
El evangelio fue escrito para eso: "para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre". Vamos a la misa precisamente porque creemos eso, porque también a nosotros nos sale desde dentro la invocación: "Señor mío y Dios mío". Aunque no faltan dificultades en nuestra vida cristiana, porque también nuestro caso es el de los que "creen sin haber visto”.

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