V martes de cuaresma


Evangelio del día: Juan 8, 21-30
21 De nuevo les dijo: «Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros». 22 Y los judíos comentaban: «¿Será que va a suicidarse, y por eso dice: “Donde yo voy no podéis venir vosotros”?». 23 Y él les dijo: «Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba: vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. 24 Con razón os he dicho que moriréis en vuestros pecados: pues, si no creéis que “Yo soy”, moriréis en vuestros pecados». 25 Ellos le decían: «¿Quién eres tú?». Jesús les contestó: «Lo que os estoy diciendo desde el principio. 26 Podría decir y condenar muchas cosas en vosotros; pero el que me ha enviado es veraz, y yo comunico al mundo lo que he aprendido de él». 27 Ellos no comprendieron que les hablaba del Padre. 28 Y entonces dijo Jesús: «Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. 29 El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada». 30 Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él.
En el texto de hoy, Jesús habla de su marcha:"Yo me voy y vosotros me buscaréis y moriréis en vuestro pecado".

Se trata en primer término de la muerte de Jesús, de su ausencia completa del mundo. Pero en realidad se trata a la vez de la partida de Jesús al Padre, y este es el aspecto positivo de la marcha, que desde luego sólo la fe puede reconocer. Y así, cuando Jesús se haya ido, se le buscará; para los incrédulos, sin embargo, tal búsqueda será inútil, porque no tendrán más que la ausencia más completa de Jesús; nada más.

La afirmación de Jesús: "Moriréis en vuestro pecado" se refiere a la pérdida de la salvación. El pecado es la incredulidad y este para el evangelista se identifica con la pérdida de la salvación, con la misma muerte. Así como la salvación está en la comunión de vida con Jesús, así la desgracia o condenación está en la separación definitiva de Jesús. "Donde yo voy no podéis venir vosotros". Esta es la razón concluyente. Para la incredulidad no hay consumación alguna de la comunión con Jesús como la que se da ciertamente para los que creen: "voy a prepararos un lugar, y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo".

La incredulidad como actitud básica y permanente excluye al hombre de la salvación, de la vida eterna. Los enemigos, que no admiten más que lo que pueden razonar: "¿Será que va a suicidarse y por eso dice: donde yo voy no podéis venir vosotros?". "Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba; vosotros sois de este mundo. Yo no soy de este mundo". Estas palabras confirman la diferencia esencial que hay entre Jesús y el mundo, haciendo hincapié precisamente en el origen diferente. Jesús, el revelador del Padre, pertenece por completo a la esfera divina, a la que tiene acceso la fe, mientras que la incredulidad queda excluida de la misma. Y además por sí misma la incredulidad no puede superar su origen de "abajo". Lo cual significa que la inteligencia de la revelación está cerrada a la incredulidad.

El mismo Jesús exhorta a los hombres a encontrar en él al Dios escondido, que aquí asegura el hombre su proximidad salvadora, su salvación. Quien escapa a esa proximidad salvadora, escapa también a la verdadera vida y cae en la muerte.

"Cuando levantéis al Hijo del hombre sabréis que yo soy". Este levantar al Hijo del hombre es la exaltación de Jesús mediante su muerte en la cruz. Con esta conexión establecida entre la cruz y la afirmación "Yo soy" queda definitivamente claro dónde hay que buscar y encontrar el lugar de la presencia salvadora de Dios: en Cristo crucificado.

Con esta pregunta "¿Quién eres tú?" los enemigos de Jesús declaran que no han entendido la afirmación de Jesús acerca de su origen, ni tampoco su afirmación "Yo soy" . A esta pregunta no hay respuesta por parte de Jesús.

El problema de si Jesús es el nuevo lugar de la presencia de Dios, en el que Dios sale al encuentro del hombre dándole la salvación y la vida, no es un problema que puede resolverse con alguna prueba externa. Aquí se trata de la fe: del reconocimiento o no reconocimiento de esa presencia de Dios en Jesús. Por eso la pregunta de los judíos "¿quién eres tú?" lleve consigo la renuncia a creer. Y la respuesta de Jesús saca la consecuencia de todo esto cuando dice: "Después de todo ¿para qué sigo hablando con vosotros?" Realmente Jesús no puede decir acerca de sí mismo más de lo que ha dicho hasta ahora. Si los enemigos no quieren creer ni comprender, eso es cosa suya.

"Podría decir y condenar muchas cosas en vosotros", es decir, podría desenmascarar con pocas palabras vuestra negativa a creer. Pero Jesús renuncia ahora a ejercer su función judicial. Ahora no hace más que decir al mundo lo que ha escuchado de su Padre y entre esas cosas se encuentra esta revelación: YO SOY: este es en adelante el lugar de la presencia salvadora de Dios: No es el templo, ni la ley.

"Cuando levantéis al Hijo del hombre sabréis que yo soy y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado". La muerte de Cristo en la cruz no solamente es una revelación más de la cercanía salvadora de Dios, sino que es el punto culminante de ese acontecimiento revelador y salvador. Porque justamente esa elevación mostrará que Jesús puede decir con toda razón el "yo soy", ya que la cruz es el lugar en que se ha revelado al mundo de manera más plena y más aplastante el amor entrañable de Dios.

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