Jueves Santo


Hoy inicia el triduo pascual, Jueves, viernes y sábado Santos. Tres días de suma importancia en la liturgia católica y que ademas, cada día tiene sus propios ritos particulares, por eso, en la asistencia a los oficios en la iglesia, se notaran algunas variaciones de los ritos ordinarios de la misa. 

Jueves santo: Dos misas, la crismal, por la mañana. Esta es la misa que el obispo celebra con su presbiterio, y dentro de la cual consagra el Santo Crisma y bendice los demás óleos, es como una manifestación de comunión de los presbíteros con el propio obispo. Con el santo Crisma consagrado por el obispo se ungen los recién bautizados, los confirmados son sellados, y se ungen las manos de los presbíteros, la cabeza de los Obispos, las iglesias y los altares en su dedicación. 

Y la misa por la tarde o misa vespertina. La misa de la cena del señor. Esta misa tiene lugar en las horas de la tarde. La Iglesia comienza el tripudo pascual y recuerda aquella cena en la cual el Señor Jesús, en la noche será entregado.

Según una antiquísima tradición de la Iglesia, este día están prohibidas todas las Misas sin pueblo.
El Sagrario ha de estar completamente vacío al inicio de la celebración. En esta Misa se consagra las hostias necesarias para comulgar mañana viernes Santo; pues mañana es el único día sin consagración de Eucaristía. 

Evangelio del día: Juan 13, 1-15
1 Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. 2 Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; 3 y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, 4 se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; 5 luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido. 6 Llegó a Simón Pedro y este le dice: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?». 7 Jesús le replicó: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde». 8 Pedro le dice: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». 9 Simón Pedro le dice: «Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza». 10 Jesús le dice: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos». 11 Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios». 12 Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? 13 Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. 14 Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: 15 os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.
La noche del Jueves Santo, Jesús se dispuso a celebrar la Pascua con sus Apóstoles. Era la Última Cena que compartía con ellos antes de que se cumplieran las profecías, porque “el tiempo se había cumplido”: -`Tomó luego pan, dio gracias, lo partió y se los dio diciendo: ‘Este es mi Cuerpo que se entrega por ustedes; hagan esto en recuerdo mío’. De igual modo, después de cenar, tomó la copa diciendo: ‘Esta copa es la nueva alianza en mi Sangre que se derrama por ustedes´-. Es en este momento cuando Jesús quiere perpetuar su presencia entre nosotros de manera sacramental. Es la Iglesia la que desde sus inicios ha custodiado este gran regalo en el que encuentra su impulso y razón de ser. De ahí que, en la Carta Encíclica de Su Santidad Juan Pablo II, La Iglesia vive de la Eucaristía, asegura que “es la Eucaristía el Sacramento que contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo”. Más aún, en el número 11 de la misma carta, el Sumo Pontífice afirma que ”la Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos, aunque sean muy valiosos, sino como el Don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación”.

Es importante recordar y redescubrir que en la celebración de la Santa Misa se actualiza el acontecimiento de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, el acontecimiento Pascual. La Misa hace presente el Sacrificio de la Cruz, no se le añade, ni lo multiplica. La misma Encíclica dice: “Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, memorial de la Muerte y Resurrección de su Señor, se hace realmente presente este acontecimiento central de salvación y se realiza la obra de nuestra redención”. Pero no es el Sacrificio de Jesús un acto de masoquismo, ni la Eucaristía se limita en ello; el Papa contextualiza la Pasión de Jesús en el ámbito del amor: “Deseo una vez más llamar la atención sobre esta verdad, poniéndome con vosotros, mis queridos hermanos y hermanas, en adoración delante de este Misterio: Misterio Grande, Misterio de misericordia. ¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega ‘hasta el extremo’”.

Este Sacramento, “Don por excelencia”, prenda visible de un amor llevado “hasta el extremo”, se ha de convertir en la fuente y cumbre de toda acción apostólica, y, a decir verdad, de toda la vida del católico. De ahí han de nacer nuestras fuerzas para vivir día a día nuestro compromiso bautismal, y ahí, han de llegar todos nuestros esfuerzos por instaurar en este mundo el Reino de Dios, reino de justicia, de paz y gozo. Así se expresa Su Santidad al concluir la Encíclica ya citada en los números 50 y 60: “Todo compromiso de santidad, toda acción orientada a realizar la misión de la Iglesia, toda puesta en práctica de planes pastorales, ha de sacar del Misterio Eucarístico la fuerza necesaria y se ha de ordenar a él... Dejadme que, como Pedro, al final del discurso eucarístico en el Evangelio de Juan, yo lo repita a Cristo, en nombre de toda la Iglesia y en nombre de todos vosotros: ‘Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida Eterna”.


Que esa reflexión de su santidad, San Juan Pablo II, nos acompañe en los oficios de esta tarde.

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