IV lunes de cuaresma. Santas Perpetua y Felícita

Fueron Martirizadas en Cartago, durante la persecución de Septemio Severo (año 203). Se conserva una bellísima narración de dicho martirio, elaborada en parte por los mismos mártires y en parte por un escritor de la época. Les dejo el link para leer: Acta de martirio de Santas Perpetua y Felicita

Evangelio del día: Juan 4, 43-54
43 Después de dos días, salió Jesús de Samaría para Galilea. 44 Jesús mismo había atestiguado: «Un profeta no es estimado en su propia patria». 45 Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta. 46 Fue Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. 47 Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verlo, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose. 48 Jesús le dijo: «Si no veis signos y prodigios, no creéis». 49 El funcionario insiste: «Señor, baja antes de que se muera mi niño». 50 Jesús le contesta: «Anda, tu hijo vive». El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. 51 Iba ya bajando, cuando sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo vivía. 52 Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Y le contestaron: «Ayer a la hora séptima lo dejó la fiebre». 53 El padre cayó en la cuenta de que esa era la hora en que Jesús le había dicho: «Tu hijo vive». Y creyó él con toda su familia. 54 Este segundo signo lo hizo Jesús al llegar de Judea a Galilea.
San Juan después del encuentro de Nicodemo y la Samaritana con Jesús, nos habla de un pagano que se presenta a Jesús y nos revela las verdaderas condiciones de la fe: su confianza en la persona de Cristo, suficientemente firme para resistir los reproches de Jesús y para aceptar volver a casa sin ningún signo visible, únicamente con las incisivas palabras -rebosantes de contenido en san Juan-, "anda, tu hijo está curado".

Los milagros constituyen otras tantas demostraciones grandes y vigorosas, que, en modo alguno, pueden pasar inadvertidas, que provocan la adhesión de muchas gentes a Jesús. Por otra parte, sin embargo, nunca se sabe con certeza la hondura que alcanza la fe en Jesús de quienes creen en los milagros. Como quiera que sea, es curioso que incluso según Juan no se llega a la fe en Jesús pese a la multitud de las señales milagrosas. El cuarto Evangelio es el único que habla claramente de una deserción de las multitudes respecto de Jesús (6, 60-66).

Son precisamente los signos los que ponen al hombre ante la decisión de fe, en la que no se trata de creer o no creer en los milagros, sino de querer creer o no en Jesús.

En cuanto señales los milagros constituyen unas indicaciones; pero justamente como tales conservan una categoría subordinada; la fe recta puede darse muy bien sin ellos.

Quien desea asistir como testigo presencial y directo a un milagro está fallando justa y precisamente en la significación de la señal, en su carácter de referencia indicativa: "Como no veáis señales y prodigios, nunca jamás creeréis" (4, 48); también les dice: "de verdad os aseguro que me andáis buscando, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido pan hasta saciados . 
De ese modo, las señales contiene un "tropiezo" en el doble sentido de la palabra: como impulso y estímulo para creer en Jesús, o como tropezón que lleva a escandalizarse de Jesús y que conduce a la incredulidad. La dirección que cada cual toma es asunto exclusivo de su libertad y, por ende, de su fe.

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