III martes del tiempo ordinario. Santos Timoteo y Tito
Dos hombres de bien y santos de la primera comunidad cristiana.
Fueron ayudantes, discípulos, colaboradores y continuadores, como obispos de Éfeso y Creta, de la evangelización paulina y de la consolidación de sus iglesias en el siglo primero.
Timoteo y Tito eran personas de muy diversa condición humana, pero igualmente llamados y dotados para poder acceder -con su esfuerzo y disponibilidad- a la montaña de una vida heroica.
Timoteo, nativo de Listra (Asia Menor), donde Pablo lo encontró y atrajo hacia sí, era hijo de padre pagano y madre judeo-cristiana. Por su carácter, era más bien tímido. Por eso, Pablo, en su carta, le pide: “aguanta las fatigas conmigo, como buen soldado de Cristo, como un atleta...” En las ausencias de Pablo, atendía a la iglesia de Éfeso, donde fue obispo.
Tito aparece acompañando a Pablo en la asamblea de Jerusalén, y da la impresión de que era más diplomático y arriesgado que Timoteo. Pablo lo dejó como obispo en Creta para que acabara de organizar lo que faltaba en aquella iglesia, y para que estableciera presbíteros en la ciudad: “Querido Tito, verdadero hijo en la fe que compartimos: te deseo la gracia y la paz... Mi intención al dejarte en Creta era que pusieras en regla lo que faltaba y establecieses presbíteros en cada ciudad, siguiendo las instrucciones que te di” (Tit 1, 1-5)
En la carta de Pablo a Tito es donde se nos apuntan los rasgos y cualidades que, por el bien de la Iglesia, debía y debe poseer un candidato al presbiterio.
Evangelio del día: Marcos 3, 31-35
Jesús en la medida en que avanza en su misión, va estableciendo nuevas realidades a sus discípulos. Ahora deja en claro y establece, que existe un vinculo más fuerte que el vinculo de sangre. Esta fue una revelación bastante innovadora para su época.31 Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar. 32 La gente que tenía sentada alrededor le dice: «Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan». 33 Él les pregunta: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?». 34 Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice: «Estos son mi madre y mis hermanos. 35 El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre».
La sociedad judia del primer siglo, estaba fundamentada sobre fuertes vínculos sanguíneos, la genealogía era de vital importancia. Pero Jesús está trastocando por completo ese modelo y propone que los vínculos espirituales que nos unen a Él, son más fuertes que los sanguíneos que nos unen a la familia. De nuevo la lógica implacable de Jesús: Su vinculo más fuerte son sus discípulos y establece lo que nos convierte en discípulos: "El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre".
A Dios nos une un vinculo más sagrado que el familiar; esto de ninguna manera es una excusa para descuidar la familia o ver de menos este vinculo, esa sería una falsa dicotomía. Lo que Jesús establece es que si la familia nos parece un vinculo sagrado, lo que nos une a Él es superior. Es más fuerte aun. Ser hijo de Dios tiene un orden superior. Pero no olvidemos el requisito: "El que haga la voluntad de Dios". Existe una medición objetiva, coherencia de vida, no puedo autodenominarme hijo de Dios sino vivo conforme a los principios que Jesús mismo va revelando. El ADN espiritual para pertenecer a esta familia, es algo que no podemos fingir.

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