III jueves del tiempo ordinario. Santo Tomás de Aquino.
Nació alrededor del año 1225, de la familia de los condes Aquino. Estudió primero en el monasterio de Montecasino, luego en Nápoles; más tarde ingresó a la orden de predicadores, y completó sus estudios en París y en Colonia, donde tuvo por maestro a San Alberto Magno. Escribió muchas obras llenas de erudición y ejerció también el profesorado, contribuyendo en gran manera al incremento de la filosofía y de la teología. Murió cerca de Terracina el día 7 de marzo de 1274. Su memoria se celebra el día 28 de enero, por razón de que esta fecha tuvo lugar, el año 1369, el traslado de su cuerpo a Tolosa del Languedoc.
Santo Tomás representa el punto de madurez en la gran escolástica sobre el tema de la revelación, Después de él, hasta el siglo xx, la terminología se irá haciendo más precisa, más técnica; pero la reflexión no ganará mucho en profundidad. Lo que impresiona en Santo Tomás, es la multiplicidad y la riqueza de los aspectos que descubre en la realidad de la revelación: operación salvífica que procede del amor libre de Dios; acontecimiento histórico que se desarrolla en el tiempo y alcanza a los hombres de todos los siglos; acción divina que se inserta en la vida psicológica del profeta; doctrina sagrada comunicada por Cristo a sus apóstoles y, por medio de ellos, transmitida a la Iglesia; grado de conocimiento situado entre el conocimiento natural, el conocimiento de fe y el conocimiento de visión.
Evangelio del día: Marcos 4, 21-25
Jesús, con una sola frase desbarata completamente la falsa piedad, de querer culpar a Dios de mis propios errores e irresponsabilidades. Es común escuchar cuando se vive una situación adversa: "es la voluntad de Dios", "Dios así lo quiere" etc. Y en ocasiones puede ser así, pero antes de que salgan esos clichés de la religiosidad moderna, debemos evaluar nuestra responsabilidad que tenemos y que la adversidad no sea consecuencia de nuestros actos. "Al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene". Comenta San Juan Crisóstomo: "Al que es diligente y fervoroso, se le dará toda la ayuda que depende de Dios: pero al que no tiene amor ni fervor ni hace lo que de él depende, tampoco se le dará lo de Dios. Porque aun lo que parece tener -dice el Señor- lo perderá; no porque Dios se lo quite, sino porque se incapacita para nuevas gracias".21 Les decía: «¿Se trae la lámpara para meterla debajo del celemín o debajo de la cama?, ¿no es para ponerla en el candelero? 22 No hay nada escondido, sino para que sea descubierto; no hay nada oculto, sino para que salga a la luz. 23 El que tenga oídos para oír, que oiga». 24 Les dijo también: «Atención a lo que estáis oyendo: la medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces. 25 Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene».

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