Octava de navidad, día 6.
Evangelio del día: Lucas 2, 36-40
V.38 Hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.Ayer conocimos la historia de Simeón quien nos dejo el cántico del "nunc dimitís". Ahora es la historia de Ana, una profetisa, viuda, ya muy avanzada en años, que al enviudar decidió consagrar su vida a Dios.
Ana al igual que Simeón y muchos otros Santos del antiguo testamento, permanecían expectantes de la venida del Mesías, pero no era una espera pasiva, era una espera activa, es decir no se lo guardaba para su piedad personal en la soledad de su servicio en el templo. Ella hablaba a todos del niño, anunciaba, compartía, informaba; era una espera en su Señor que fue premiada permitiendo ver antes de su muerte al divino niño.
En nuestro caso, la situación es bastante similar, si bien no estamos a la espera del Mesías, para nosotros el nació, creció, murió, resucitó, ascendió y ahora reina en los cielos; también al igual que Ana podemos hablar a todos, ya no sobre el niño que va a nacer, sino sobre ese niño que nació y que también estamos a la espera de su retorno. Estamos expectantes pero no de forma pasiva.
Un buen propósito de nuevo años es hacer apostolado, no quedarnos con una piedad privada sino salir y hablar con otros, al fin y al cabo esa fue la misión que el Señor encomendó a sus seguidores antes de ascender. "Vayan por todo el mundo y compartan el evangelio". Más de dos mil años después, esa misión sigue vigente.

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