III lunes de adviento. San Juan de la cruz.

Nació en Fontaneros, provincia de Ávila (España), hacía el año 1542. Pasados algunos años en la orden de los carmelitas, fue, a instancias de Santa Teresa de Jesús, el primero que apartar de 1568, se declaró a favor de su reforma, por la que soportó innumerables sufrimientos y trabajos. Murió en Úbeda el año 1591, con gran fama de santidad y sabiduría, de las que da testimonio sus escritos espirituales. Es doctor de la iglesia.

Evangelio del día: Mateo 21,23-27

v. 23 ¿con qué autoridad haces esto?
Insisto cada vez que puedo. Los mismos argumentos viejos, gastados y ya contestados desde el primer siglo, son los mismos argumentos que se presentan como novedosos en pleno siglo XXI.

Escuchar a Cristo, su enseñanza, su doctrina, su cosmovisión, presentan retos a la vida de cualquiera y el que decide seguirle se enfrenta a dos situaciones que bien podemos equiparar con el deporte.


  1. Seguir a Cristo es negarse a si mismo. Es una lucha constante nada fácil, es vencerse a uno mismo cada día. Se gana cuando yo mismo logro vencer mis deseos, mi carne. Se pierde cuando esos deseos ganan. Luchar contra uno mismo y ganarse es quizá el deporte mas extremo de la vida.
  2. Seguir a Cristo es un deporte en el que la barra quiere verte perder. Nada más difícil que luchar contra uno mismo y lo hace peor cuando se cuestiona la autoridad de tu maestro. Constantemente escuchamos cuestionamientos a la autoridad de Cristo sobre la forma en la que debemos vivir.
Se le vuelve a preguntar a Cristo: ¿con qué autoridad haces esto? y a veces el cuestionamiento no viene de los de afuera que no logran entender nuestra cosmovisión, a veces también viene de nosotros mismos. Cuando nos duele, cuando nos cuesta vencer, cuando nos encontramos con una enseñanza que no termina de parecernos, volvemos a preguntar como los fariseos del primer siglo: ¿Con qué autoridad haces esto?.

Que tengamos la suficiente humildad de aceptar la doctrina, la cosmovisión, la enseñanza de Cristo, completa, incluyendo aquello que no termina de parecerme, Él es el que tiene toda la autoridad. La pregunta valida es: ¿quién soy yo para cuestionarlo?



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