III domingo de adviento. Santa Lucía, virgen y mártir

Murió, probablemente, en Siracusa, durante la persecución de Diocleciano. Su culto se difundió desde la antigüedad a casi toda la Iglesia, y su nombre fue introducido en el Canon romano. De padres nobles y ricos y fue educada en la fe cristiana. Perdió a su padre durante la infancia y se consagró a Dios siendo muy joven. Sin embargo, mantuvo en secreto su voto de virginidad, de suerte que su madre, que se llamaba Eutiquia, la exhortó a contraer matrimonio con un joven pagano. Lucía persuadió a su madre de que fuese a Catania a orar ante la tumba de Santa Agata para obtener la curación de una enfermedad. Ella misma acompañó a su madre, y Dios escuchó sus oraciones. Entonces, la santa dijo a su madre que deseaba consagrarse a Dios y repartir su fortuna entre los pobres. Llena de gratitud por el favor del cielo, Eutiquia le dio permiso. El pretendiente de Lucía se indignó profundamente y delató a la joven como cristiana ante el pro-consul Pascasio.

La persecución de Diocleciano estaba entonces en todo su furor. El juez la presionó cuanto pudo para convencerla a que apostatara de la fe cristiana. Ella le respondió: "Es inútil que insista. Jamás podrá apartarme del amor a mi Señor Jesucristo". El juez le preguntó: "Y si la sometemos a torturas, ¿será capaz de resistir?". La jovencita respondió: "Sí, porque los que creemos en Cristo y tratamos de llevar una vida pura tenemos al Espíritu Santo que vive en nosotros y nos da fuerza, inteligencia y valor". El juez entonces la amenazó con llevarla a una casa de prostitución para someterla a la fuerza a la ignominia. Ella le respondió: "El cuerpo queda contaminado solamente si el alma consciente". Santo Tomás de Aquino, el mayor teólogo de la Iglesia, admiraba esta respuesta de Santa Lucía. Corresponde con un profundo principio de moral: No hay pecado si no se consiente al mal.

Se representa llevando en la mano derecha la palma de la victoria, símbolo del martirio, y en la izquierda los ojos que le fueron arrancados.


Evangelio del día: Lucas 3, 10-18
La gente le preguntaba: "Entonces, ¿qué debemos hacer?"

Juan el Bautista ha iniciado su predicación, esta anunciando que el Mesías prometido esta por venir, anuncia que viene la salvación pero también viene el juicio. La gente reacciona y hace una pregunta perfectamente lógica: Entonces, qué debemos hacer?

La respuesta de Juan bien puede ser un proyecto de vida que puede empezar este día con el objetivo de llegar a Navidad y recibir al señor en este espíritu de penitencia para luego mantenerlo como un estilo de vida.

La respuesta de Juan se puede resumir así:

  • V.11 Compartir con el que no tiene. Invitó a dar ropa y comida al necesitado, pero la invitación era, a dar de lo mío, de lo que uso, no de lo que me sobra. Si tengo dos túnicas, dar una.
  • V12. A los publicanos ( En la antigua Roma los publicanos eran recaudadores de impuestos para la república y de derechos aduaneros Así también aparecen en el Nuevo Testamento, como recaudadores de impuestos que abusaban de su poder, éstos eran odiados, ya que cobraban más de lo que la ley les exigía, y al estar amparados por ella, las personas no tenían defensa. Por otra parte, eran odiados por los judíos, ya que cobraban de más a su propio pueblo en beneficio de los invasores). No exijan más de lo establecido. Dar con justica y exigir con justica.
  • V14. A los que tiene autoridad (los soldados). No hagan extorsión, ni se aprovechen de nadie con falsas denuncias. Esta claro que el abuso de autoridad en todos los niveles (política, militar, laboral, familiar) no es tolerado.
Tres retos que puedo empezar hoy, a la espera de señor.



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